miércoles, 22 de febrero de 2012

AMERICAN GANGSTER


AMERICAN GANGSTER         

   
Título original: American Gangster. Dirección: Ridley Scott. Intérpretes: Denzel Washington (Frank Lucas), Russell Crowe (Richie Roberts), Josh Brolin (detective Trupo), Armand Assante (Dominic Cattano). País: EEUU. Año: 2007. Producción: Brian Grazer y Ridley Scott, para Imagine, Scott Free y Relativity. Guión: Steven Zaillian. Argumento: basado en el artículo “The Return of Superfly” (2000), de Mark Jabobson para New YorkMúsica: Marc Streitenfeld. Fotografía: Harris Savides. Dirección Artística: Arthur Max. Montaje: Pietro Scalia. Fecha de estreno: 28-XII-07. Distribuidora cine: Universal. Duración: 157 min. Género: Drama.

 



           Después de una película fácil como Un buen año, Ridley Scott se enfrenta con mucho brío a esta epopeya sobre un traficante de drogas y el policía que lo arrestó. A finales de los años sesenta, Frank Lucas —chófer y matón ocasional del mafioso negro Bumpy Johnson— ocupa el lugar en el mundo del hampa que deja su jefe tras fallecer. Poco a poco, pasa a controlar la distribución y venta de heroína en el Harlem neoyorquino. ¿Su método? Moverse con discreción y disciplina, trabajar con gente de confianza (su propia familia), conseguir la droga pura (comprándola directamente a un oficial chino dueño de una plantación en Bangkok) y, finalmente, introducirla en los EEUU dentro de los ataúdes de los soldados americanos muertos en Vietnam. No obstante, a medida que crecen su negocio y sus alianzas, llamará la atención de Richie Roberts, un casquivano detective de Nueva Jersey empeñado en hacer su trabajo sin saltarse la ley.

La película cuenta con un reparto muy solvente (atención a Josh Brolin), una partitura más que correcta, una ambientación precisa y, sobre todo, una sólida puesta en escena. Para ello, el ya septuagenario realizador inglés se olvida de anteriores experimentos visuales (GladiatorLa tormenta blancaBlack Hawk derribado) y ancla la cámara para recrearse en unos personajes, una época y un barrio donde los analgésicos sólo sirven para distraer la atención de una sociedad en la que impera la ley del oportunismo, la arbitrariedad, la corrupción generalizada y el hedonismo más salvaje. Y que, además, afecta a todos por igual: en la América de los setenta que dibuja Scott, las drogas enganchan tanto a prostitutas y ladronzuelos, como a soldados y capitanes de policía.

El problema es que, más allá de este acierto formal (en las televisiones, por ejemplo, sólo aparecen imágenes de Nixon o Vietnam, símbolos de la hipocresía y el fracaso), la película adolece de varias arritmias, carece de consistencia dramática y es bastante ambigua de fondo. Varios factores explican estos defectos. En primer lugar, el propio modo de contar la historia, plagada de escenas breves y rápidas que imposibilitan establecer una conexión más allá de lo elemental entre los distintos sucesos del relato. En segundo lugar, la ambición del guión que —aunque sólo abarca los años 1968-1975— dedica demasiado tiempo a exponer dos historias paralelas (delincuente y policía) que sólo confluyen en sus diez minutos finales, privando al relato de cualquier atisbo de emoción. Por último, la frialdad general que desprende la película tiene mucho que ver con la escasa nitidez moral con que describe a sus personajes. En ningún momento se oculta la crueldad y sangre fría de Lucas (prende fuego y asesina a un deudor en la primera escena, ejecuta en plena calle a un mafioso), ni los efectos destructivos de su negocio (los drogadictos que mueren mientras Lucas celebra el Día de Acción de Gracias). Pero, siendo terribles, estos insertos están ahí más de modo “obligado” y hasta “estético” por parte de sus autores que como una decisión coherente con el carácter del personaje. Pues, al final, lo que prima es el respeto y hasta la admiración por un psicópata repugnante, que vive según sus propias normas en un mundo donde las reglas poseen un valor exclusivamente nominal, no personal.


Curiosamente, esto iguala a Lucas con Roberts, pues ambos obedecen alguna norma —el primero las suyas, el segundo sólo las de su trabajo— frente a un sistema político, judicial, policial y militar que jura defender unas reglas que más tarde transgrede sin problemas. Más difícil de entender es que se ensalce a Lucas como un modelo de “progreso” dentro del hampa. Al fin y al cabo, su estrategia —sacar provecho de una situación decadente— es esencialmente “conservadora”: cambia un poco las cosas, sí, pero para mantener un orden nuevo y beneficiarse de él gracias al poder adquirido todo el tiempo que pueda. Un modo de proceder no tan distinto del de los funcionarios, policías y mafiosos blancos frente a los que Lucas es presentado casi como víctima.

                                                        Juan Pablo Serra.